(es) La autoridad de la sangre

Traducción de “The authority of blood”.

Desde ME nunca dejamos de recalcar nuestro apoyo a los teóricos que aportan y han aportado a la tendencia eco-extremista con sus reflexiones. El impulso que le han dado a esta tendencia ya es vital, cada uno en sus propios términos y de acuerdo a sus condiciones particulares.


Antes de embarcarme en este proyecto, no había tomando en consideración lo delicada que es la gente realmente cuando se trata de la violencia. Por un lado, los anti-autoritarios parecen eyacular con la idea de carne de policía lacerada e incendiar edificios que no les gustan. Parecen fantasear acerca del combate callejero o sobre cuanta violencia infligirán en la Revolución, o la Insurrección o el Colapso o cualquier otro referente escatológico pseudo-Cristiano que hayan concebido. Pero cuando emerge un grupo real que está (supuestamente) asesinado personas reales, que está derramando sangre y mutilando, estas personas vuelven a encontrar su moral repentinamente. La fantasía fue demasiado lejos. Tu dices todas esas cosas sobre herir y asesinar ¿Y alguien se lo tomó enserio?

La moneda de la moralidad es la sangre al fin y al cabo. Si no haces algo, o si haces algo prohibido, debe de haber alguien por detrás del acto que puede herirte. Si fueses impasible de alguna forma, ninguna persuasión moral sería posible. Los Dioses no tienen moralidad porque no hay consecuencias para sus acciones. ¿Es posible que a la gente no le guste lo que ITS y los grupos similares están haciendo precisamente porque le están recordando a cierto sector de la sociedad que todas las aspiraciones, todas las ideas, toda la unicidad y toda la moralidad puede extinguirse con el derramamiento de sangre? ¿Que con todas nuestras nobles ideas acerca de nosotros mismos y la trascendencia de lo Humano, somos animales que pueden desangrarse con la adecuada cantidad de aplicación de fuerza? Esto es tanto la ley de hierro de la vida humana, y su límite absoluto. Quizás eso es demasiado vergonzoso para que el optimista idealista lo admita.

Vivimos en una sociedad alérgica a la sangre. Hasta nuestra carne apenas contiene algo de sangre en ella. En los Estados Unidos la forma más popular para la carne es aquella que esconde el hecho de que la gente esta comiéndose otro animal. La imagen de la sangre es poco atractiva para la gente. Incluso en las iglesias, los sangrientos crucifijos de Jesús colgando en la cruz ya no son la norma. Michel Foucault abre su libro, Les Mots et les choses, con la descripción de un regicida siendo descuartizado miembro por miembro. Luego procede a describir la forma más “humana” del castigo moderno, culminando en el panóptico social en el que vivimos. Aun así, los pocos regímenes que aun tienen castigos corporales o ejecuciones brutales son execrados en la opinión pública Occidental humanista. Uno de los viles crímenes del Estado Islámico, por ejemplo, fue revivir las ejecuciones mediante crucifixión, arrojar a la gente de edificios y realizar los sangrientos castigos precisados por la ley Islámica (aunque Arabia Saudita también continúa precisando aquellos castigos con nada más que quejas resignadas por parte de Occidente.)

Entonces no es sorpresa alguna si tal aversión a la sangre también aflige a las ideologías contemporáneas más radicales o incluso nihilistas. A pesar de sus impotentes condenas a los malhechores de la sociedad (mayormente los ricos y poderosos), su verdadera determinación para infringir daño sobre cualquiera de ellos parece algo mínima en la mayoría de los casos. Solo puedo especular que creen que se volverán apropiadamente crueles y sanguinarios (hacia la gente correcta, por supuesto) una vez se presente la ocasión adecuada. La teoría descenderá mágicamente como un deus ex machina vengativo y les permitirá hacer lo que debe hacerse contra los policías, los reaccionarios, los burgueses, etc. Y luego el espíritu vengativo se retirará nuevamente dejando una sociedad de Paz y Civilidad. Es como la crueldad mesurada y de celofán que conlleva comprar pechugas de pollo envueltas en plástico en la tienda: un poco de sangre, pero mayormente carne blanca y rojiza que apenas revela que aquello alguna vez fue un animal que comía, cagaba y follaba. Uno al que le extrajeron su fuerza-vital de una forma limpia y metódica, sin que llegue mal alguno al consumidor de ninguna forma.

Por supuesto eso nunca sucede en la realidad. Tan frías y poco sanguinarias como aspiran a ser las teorías utópicas de una nueva sociedad, siempre llegan al mundo empapadas de sangre de los pies a la cabeza, y se puede cuestionar si de hecho pierden algo de aquella sangre. Como mucho, se desangran lo suficiente como para que el Estado se restablezca, para que el comercio vuelva a comenzar y para que los negocios de siempre vuelvan a tomar lugar. Pero la sombra del arma y la espada nunca se van para siempre. ¿Cómo un animal que sangra podría concebir una ideología que no lo hace?

He estado fascinado por algún tiempo con las ideas del anarco-primitivista Kevin Tucker sobre como los cazadores-recolectores evitaban el conflicto en sus sociedades nómadas. De acuerdo a Tucker, el principal método para evitar el conflicto era huir y dejarle espacio al otro. No me cabe duda de que en una sociedad nómada, quizás fuera más fácil para la gente alejarse de aquellos que no les gustaban o con los que no estaban de acuerdo. La pregunta que permanece en mi mente es, ¿por qué la violencia es el “último recurso” en la mente de Tucker? Hay mucha evidencia (he citado alguna hace unos pocos posts) que en muchas sociedades cazadoras-recolectoras, había un alto nivel de violencia interpersonal, al punto de matar gente por ofensas menores. Recuerdo leer una anécdota de los Yagánes en Tierra del Fuego en la que un hombre asesinaba a su propio hijo de dos años en su canoa sin razón aparente además del hecho de que lo estaba fastidiando. No pareció que el hombre vaya a ser castigado o relegado por esto.

Daré la advertencia de que no tenemos idea alguna de como las sociedades previas lidiaban con estos problemas más allá de lo anecdótico. Por cada anarco-primitivista narrando lo relativamente inofensivos que eran los cazadores-recolectores nómadas, hay al menos una anécdota aparejada sobre violencia interpersonal, sin mencionar la guerra a pequeña escala. (Los Seris del estado Mexicano se me vienen a la mente). También, uno luego puede exagerar el alcance de la guerra en las pequeñas sociedades agrarias. Por ejemplo, la mayor parte de la guerra en el Sudeste Estadounidense al momento del contacto Europeo fue un ojo-por-ojo asesinando a gente selectivamente por parte de pequeños grupos de guerreros. Incluso el juego con balón que jugaban allí (el “hermano menor” de la guerra) podía ser algo violento: podía seguir por días (eso creo) y la gente a menudo salía seriamente herida e incluso asesinada.

Todo esto para decir que esta gente no era para nada delicada cuando se trataba de la muerte o de derramar sangre. Simplemente no les sorprendía. En un tiempo en el cual la mortalidad infantil era aún relativamente alta, donde las bestias capaces de matar gente aún eran parte de su cosmos, que alguien muriera o fuese asesinado no ameritaba el shock que el supuesto revolucionario o insurreccionalista moderno tiene cuando alguna vida es arrebatada. Esto es por que ellos sabían que la vida era frágil, o sino, que la vida de cualquier ser viviente era algo pasajero, pero la vida en sí perduraba. La autoridad de la sangre se alzaba pero su alcance era aceptado como un hecho y la vida seguía su curso.

Obviamente, no estoy allá afuera asesinado o mutilando gente. Atassa es en un sentido un “ejercicio espiritual” para mí y para algunas de las personas que participan. Si no cometemos o necesariamente justificamos actos de violencia, nos estamos entrenando para ser indiferentes a ellos. Para mirar a la muerte del humano, o incluso de los humanos como un todo, como algo que no es diferente de un desprendimiento de rocas o de una serpiente siendo arrancada de su zanja por una garceta blanca como la nieve en una húmeda mañana. Esto que tenemos, esta conciencia, esta Idea Trascendental que se forma en palabras y se pixela en una pantalla, no es más que algo pasajero, un resultado del flujo de la sangre, sangre que un día fluirá fuera de nosotros. ¿Por qué no podemos soportar el contemplar lo inevitable? ¿Por qué nuestra naturaleza nos repugna? ¿Por qué aspiramos a refugiarnos en algún orden fantasmal de nuestra propia creación, pretendiendo que este no sangra, se deteriora y desaparece?

No espero que la gente apruebe Atassa. Lo máximo que puedo esperar es que la gente lo acepte, que reconozcan que sus ilusiones sobre la sociedad, sobre ellos mismos y sobre el orden moral son tontas, y quizás deberían buscar refugio en otra cosa: en lo Inhumano, lo Desconocido, la Manifestación de la Oscuridad, sin importar cuan perturbador sea para nuestro condicionamiento. Y dentro de aquello, hacer lo que uno deseé.

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